Hacia un Cerebro Colectivo: Reflexiones sobre la Necesidad de una Inteligencia Social Unificada

La política es, en esencia, una disciplina destinada a moldear el futuro a través de esfuerzos colectivos e individuales que buscan alcanzar resultados concretos. Este proceso se evalúa no solo en términos de los resultados obtenidos, sino también considerando los costos y adversidades enfrentadas, medidos tanto en eficacia como en eficiencia. En este contexto, el surgimiento de movimientos como el 15M en España no refleja una mera indignación pasajera, sino un fervor colectivo, una pasión constructiva que se opone diametralmente a la fragmentación impuesta por el ultraliberalismo contemporáneo.

Giovanni Arrighi, Robert Brenner y David Harvey han subrayado cómo los sectores dominantes buscan reconfigurar constantemente el equilibrio político y las relaciones de poder dentro de la economía global capitalista. Para ello, recurren a una violencia económica, estatal y militar que perpetúa las relaciones sociales gobernadas por una violencia de clase estructural. Sin embargo, esta estrategia genera una reacción en la sociedad civil, que se siente amenazada y despojada de logros sociales obtenidos tras décadas de lucha y sacrificio. Arrighi señala que «la lucha de clases sigue siendo un motor fundamental en la historia del capitalismo, afectando profundamente las políticas globales y las estrategias económicas«.

En este contexto, resulta fundamental construir una organización que nazca desde la base y que incluya a amplios segmentos sociales. Miguel L. Quintanilla y Ramón Vargas-Machuca, en su obra «La Utopía Racional«, afirman que la izquierda debe recuperar un sentido realista, evitando instalar el pensamiento político en un reino ideal y reconociendo la naturaleza conflictiva de las sociedades humanas. «No somos individuos racionales en una situación originaria ideal, sino que existimos en comunidades concretas, con tradiciones específicas, donde el conflicto y no el consenso es el corazón de la estructura social«.

El proyecto inicial de PODEMOS, que surgió como una respuesta a esta realidad, parece estar reconfigurándose a través de un proceso evolutivo. Observando la forma en que las hormigas trabajan colectivamente, surge la idea de un «cerebro colectivo«, una inteligencia de grupo que permite a las comunidades tomar decisiones y moverse como un solo organismo. Investigaciones científicas, como las de la Global Consciousness Project de la Universidad de Princeton, apoyan esta noción, sugiriendo que una sociedad puede comportarse como un individuo global cuando las unidades de conciencia comparten emociones, proyectos colectivos y sentimientos similares.

La necesidad de impulsar un movimiento ciudadano transnacional o global que se organice en red y de manera horizontal se vuelve cada vez más apremiante. Gardner Murphy, en su reflexión sobre la humanidad como parte del cosmos, sugiere que la profunda semejanza entre los materiales y la estructura cósmica puede llevar a una realización humana más rica y profunda. Esta idea resuena con la teoría de la noosfera de Vladimir Ivanovich Vernadsky y el inconsciente colectivo de Carl Jung. La sinergia derivada de un pensamiento agrupado y una conciencia colectiva puede ser la clave para cualquier cambio social de envergadura.

Francis Paul Heylighen utiliza la metáfora del «cerebro global» para describir esta red emergente y colectivamente inteligente, formada por personas, computadoras, bases de conocimiento y enlaces de comunicación. Esta red puede convertirse en una fuerza unificadora dentro de la sociedad, capaz de enfrentar los desafíos impuestos por las relaciones asimétricas de poder. La idea de una inteligencia colectiva no es nueva, pero su relevancia en el contexto actual, donde la tecnología facilita la interconexión y la colaboración masiva, es más pertinente que nunca.

Diamando Gritzona argumenta que una entidad colectiva consiste en un cúmulo de individualidades unificadas por principios, intereses y objetivos de acción comunes. Estos elementos actúan como una estructura que coordina las individualidades sin absorberlas. Jean François Noubel, por su parte, sostiene que la capacidad de construir organizaciones nuevas y efectivas es fundamental para enfrentar problemas globales como el hambre, la pobreza, la sostenibilidad, la paz y la educación.

La construcción de un movimiento amplio, erigido desde la base, que se inserte en la estructura social de manera coherente y pragmática, sin renunciar a la utopía, es un imperativo. Las diferentes sensibilidades y culturas políticas que confluyen en PODEMOS no deben situar la reflexión política en un dominio idealizado, sino reconocer las realidades específicas y los conflictos inherentes a cualquier estructura social. Como sugiere Karl Marx, «los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».

Judith Butler, en su análisis sobre el poder y la resistencia, destaca la importancia de las actuaciones colectivas y las alianzas estratégicas para desafiar las estructuras hegemónicas: «La performatividad de la resistencia radica en su capacidad de reunir cuerpos y voces en un espacio común, desafiando las normas y reivindicando nuevas formas de convivencia«.

La democracia pluralista no es un campo de competencia comunicativa universal, sino un terreno de transacción, pluralismo e incertidumbre, limitado por relaciones de poder asimétricas. Como tal, PODEMOS debe buscar alianzas con otras organizaciones políticas y sociales para superar el capitalismo y construir una nueva sociedad basada en la justicia, la igualdad y la libertad. Antonio Gramsci nos recuerda la importancia de la hegemonía cultural en la lucha por el poder: «El desafío no es solo político, sino cultural; se trata de ganar la batalla por las ideas y la conciencia colectiva».

Simone de Beauvoir, en su lucha por la igualdad de género, enfatiza que la emancipación de las mujeres es crucial para cualquier movimiento progresista: «El feminismo no es solo una lucha por la igualdad de género, sino una lucha por una humanidad más justa y equitativa«.

Hannah Arendt, en su exploración sobre la naturaleza del poder y la política, destaca la importancia de la acción colectiva y la participación ciudadana: «La verdadera política surge cuando las personas se reúnen, deliberan y actúan juntas, creando un espacio común de libertad y solidaridad«.

Jürgen Habermas, con su teoría de la acción comunicativa, subraya la necesidad de un diálogo inclusivo y democrático para resolver los conflictos sociales: «Solo a través del intercambio racional y la deliberación pública podemos construir una sociedad más justa y democrática«.

Thomas Piketty, en su análisis de la desigualdad económica, advierte sobre los peligros del capitalismo desenfrenado: «La creciente concentración de riqueza y poder amenaza la estabilidad social y la democracia misma«.

Michel Foucault, en su estudio sobre el poder y la vigilancia, nos alerta sobre las formas sutiles de control y dominación que permean nuestras sociedades: «El poder no solo se ejerce desde arriba, sino que se infiltra en todos los aspectos de la vida cotidiana, moldeando nuestras identidades y comportamientos«.

Karl Polanyi, en su crítica al liberalismo económico, argumenta que los mercados autorregulados desintegran las sociedades y socavan la solidaridad social: «La economía de mercado, si se deja sin control, destruirá los fundamentos mismos de la sociedad, erosionando la cohesión social y la justicia«.

Walter Benjamin, en su reflexión sobre la historia y la memoria, nos recuerda la importancia de aprender de las luchas del pasado para construir un futuro mejor: «El progreso no es inevitable; es una tarea que requiere memoria, resistencia y acción colectiva«.

Cornelius Castoriadis, con su visión de la autonomía colectiva, subraya la necesidad de una participación activa y consciente de todos los miembros de la sociedad en la construcción de un futuro mejor. La verdadera democracia, según Castoriadis, requiere la implicación de todas y todos en la toma de decisiones, no solo como meros votantes, sino como agentes activos de cambio: «La autonomía no es simplemente una característica de los individuos, sino una cualidad de las sociedades que permite a sus miembros deliberar y decidir colectivamente sobre las normas que los rigen«.

La necesidad de un movimiento ciudadano transnacional o global que se organice en red y de manera horizontal es evidente. Este tipo de organización permite una participación más equitativa y democrática, superando las limitaciones de las estructuras jerárquicas tradicionales. En un mundo cada vez más interconectado, la capacidad de movilizar y coordinar esfuerzos a nivel global es fundamental para enfrentar desafíos comunes como el cambio climático, la desigualdad económica y las crisis migratorias.

La inteligencia colectiva, como concepto, se basa en la idea de que el conocimiento y la sabiduría no están centralizados en una sola entidad, sino distribuidos entre todos los miembros de una comunidad. Este enfoque reconoce el valor de la diversidad de perspectivas y experiencias, y promueve un modelo de toma de decisiones inclusivo y colaborativo. La tecnología moderna, especialmente las plataformas digitales y las redes sociales, facilita este tipo de colaboración a una escala sin precedentes, permitiendo que individuos de todo el mundo compartan información, coordinen acciones y construyan movimientos globales.

El movimiento Occupy Wall Street, por ejemplo, demostró cómo la inteligencia colectiva y la organización horizontal pueden desafiar el poder establecido. Aunque no logró todos sus objetivos, mostró el potencial de la acción colectiva y la importancia de la participación directa en la toma de decisiones. Al igual que el 15M en España, estos movimientos pusieron de manifiesto la insatisfacción generalizada con las estructuras de poder existentes y la demanda de formas más inclusivas y democráticas de organización social y política.

Sin embargo, para que un movimiento ciudadano transnacional tenga éxito, debe ser capaz de articular una visión clara y coherente que inspire a una amplia base de apoyo. Esta visión debe ser inclusiva y abordar las preocupaciones y aspiraciones de diversos grupos sociales. Debe reconocer las diferencias culturales, económicas y políticas entre las regiones del mundo, y buscar soluciones que sean adaptables a contextos específicos. La construcción de alianzas estratégicas con organizaciones locales y regionales es esencial para fortalecer la base del movimiento y garantizar que sus objetivos sean relevantes y alcanzables.

Además, la educación y la concienciación son componentes clave para movilizar a las personas y fomentar su participación activa. Como señala Paulo Freire, «la educación es un acto político» y tiene el poder de transformar la realidad. La educación crítica y emancipadora puede empoderar a las personas, ayudándolas a comprender las estructuras de poder que las oprimen y a desarrollar las habilidades necesarias para desafiar y cambiar estas estructuras.

El movimiento también debe ser capaz de utilizar eficazmente las herramientas tecnológicas para facilitar la comunicación y la coordinación. Las plataformas digitales pueden servir como espacios de deliberación y toma de decisiones, permitiendo que las voces de todos los miembros sean escuchadas y consideradas. La transparencia y la rendición de cuentas son fundamentales para mantener la confianza y la legitimidad del movimiento. Las decisiones deben ser tomadas de manera abierta y democrática, y los líderes deben estar sujetos a la supervisión y el control de la base.

Un ejemplo de cómo se puede organizar un movimiento transnacional en red y de manera horizontal es la iniciativa Extinction Rebellion (XR). XR ha logrado movilizar a personas de todo el mundo para tomar medidas directas contra el cambio climático. Utiliza un modelo de organización descentralizado, donde los grupos locales tienen autonomía para planificar y llevar a cabo acciones, pero coordinan sus esfuerzos a través de una red global. Esta estructura flexible permite una rápida respuesta a las circunstancias cambiantes y fomenta la innovación y la creatividad en la lucha contra la crisis climática.

Otro ejemplo es el movimiento feminista global, que ha demostrado la fuerza de la solidaridad transnacional en la lucha por la igualdad de género. Desde el movimiento #MeToo hasta las marchas del Día Internacional de la Mujer, el feminismo ha utilizado las redes sociales y otras tecnologías digitales para conectar a mujeres de todo el mundo, compartir historias y organizar acciones colectivas. Este movimiento ha logrado avances significativos en la sensibilización sobre la violencia de género y en la promoción de políticas de igualdad, mostrando cómo una red global puede ejercer presión sobre las estructuras de poder patriarcales.

La construcción de un «cerebro colectivo» o una inteligencia social unificada es fundamental para enfrentar los desafíos contemporáneos y lograr un cambio social significativo. Los movimientos como PODEMOS y otros transformadores deben trabajar juntos, utilizando tanto la razón como la emoción compartida, para crear una sociedad más justa, equitativa y libre. Esta visión no es solo una utopía, sino una necesidad práctica en la lucha contra las fuerzas que perpetúan la desigualdad y la injusticia en el mundo. Como diría Rosa Luxemburgo, «la libertad solo para los partidarios del gobierno, solo para los miembros de un partido —por numerosos que sean— no es libertad. La libertad es siempre, y exclusivamente, libertad para quien piensa de manera diferente«. Esta libertad para pensar de manera diferente es crucial para la construcción de un movimiento social amplio y unitario, capaz de enfrentar y superar los desafíos del capitalismo global.

La participación activa y consciente de todos los miembros de la sociedad, como sugiere Cornelius Castoriadis, es esencial para la construcción de una verdadera democracia. No basta con ser meros votantes; debemos ser agentes activos de cambio, comprometidos en la deliberación y la toma de decisiones colectivas. La autonomía colectiva, la educación emancipadora y el uso eficaz de las tecnologías digitales son elementos clave para construir un movimiento ciudadano transnacional que pueda enfrentar los desafíos del siglo XXI y crear un futuro más justo y equitativo para todos.

En este sentido, el pensamiento de intelectuales como Judith Butler, Antonio Gramsci, Simone de Beauvoir, Hannah Arendt, Jürgen Habermas, Thomas Piketty, Michel Foucault, Karl Polanyi y Walter Benjamin, así como la visión de Karl Marx y las contribuciones de Gardner Murphy, Francis Paul Heylighen, Diamando Gritzona y Jean François Noubel, proporcionan un marco teórico robusto y una guía práctica para la acción. Estos pensadores y activistas nos recuerdan que la lucha por un mundo mejor es compleja y multifacética, pero también que la solidaridad, la organización y la acción colectiva pueden superar los obstáculos y llevar a cabo transformaciones profundas y duraderas.

La inteligencia colectiva y la organización horizontal y en red no solo son herramientas poderosas para enfrentar los desafíos globales, sino también principios fundamentales que deben guiar nuestro enfoque hacia la construcción de una sociedad más justa y democrática. La capacidad de escuchar y aprender unos de otros, de trabajar juntos de manera inclusiva y colaborativa, y de actuar con conciencia y responsabilidad compartida, es esencial para la realización de esta visión. En última instancia, el futuro que queremos construir depende de nuestra voluntad y capacidad para unirnos y actuar colectivamente, transformando nuestras sociedades desde la base y creando un mundo donde la justicia, la igualdad y la libertad sean realidades vividas por todas y todos.

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