El mito de la equidistancia: ¿un camino hacia la complicidad moral?

El artículo de Javier Cercas titulado «Confucio, Mbappé y los equidistantes», publicado en EL PAÍS SEMANAL de hoy domingo 21 de Julio de 2024, aboga por la equidistancia en política como una postura deseable, destacando su valor a través de figuras históricas y filosóficas como Confucio y Buda. Sin embargo, esta visión aparentemente sensata y moderada es problemática y peligrosamente simplista en contextos de crisis profundas. Al explorar la equidistancia en detalle y desafiar su idealización, podemos revelar las trampas morales y políticas que encierra esta postura.
Cercas comienza su argumento defendiendo la equidistancia como una posición moralmente aceptable, e incluso ideal, en circunstancias normales. Sostiene que en tiempos de relativa estabilidad política, mantener una postura equidistante puede ser beneficioso y sabio, tal como lo enseñan grandes pensadores de la historia. Sin embargo, al aplicar esta lógica a contextos de extrema violencia y crisis, Cercas entra en un terreno éticamente resbaladizo.
El problema fundamental de la equidistancia, cuando se aplica a situaciones de crisis profundas, radica en su capacidad para diluir la responsabilidad y evitar tomar una postura clara ante injusticias flagrantes. Como señaló el lingüista, filósofo, politólogo y activista estadounidense de origen judío estadounidense Noam Chomsky: “la neutralidad en situaciones de opresión equivale a tomar partido por el opresor”. Por otro lado, Desmond Tutu dijo: “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”. Estas afirmaciones se hacen eco de la crítica de Dante en su «Divina Comedia», donde coloca a los indecisos y neutrales en el rincón más abyecto del infierno. Al no tomar partido, los equidistantes efectivamente legitiman el status quo y permiten que la injusticia prevalezca.
La equidistancia durante los años de actividad de ETA en España es un ejemplo claro de cómo esta postura puede ser moralmente reprochable. Cercas admite que, en ese contexto, era inaceptable ser equidistante entre los terroristas y la democracia. Sin embargo, minimiza la gravedad de esta equidistancia al sugerir que solo en “tiempos de crisis profundas” se vuelve inmoral. Pero, ¿quién determina cuándo una crisis es lo suficientemente profunda como para justificar la toma de partido? Esta ambigüedad permite que los equidistantes escapen de su responsabilidad moral, perpetuando la injusticia.
En su análisis, Cercas omite considerar el papel esencial de la equidad y la justicia social en la política. La equidistancia puede parecer un refugio seguro, pero en realidad, puede ser una forma de complicidad pasiva. El filósofo italiano Antonio Gramsci argumentaba que “la indiferencia es el peso muerto de la historia”. En otras palabras, la inacción y la falta de posicionamiento en tiempos de injusticia no son neutrales; son una forma de aceptación tácita de la opresión.
Para comprender mejor las fallas de la equidistancia, podemos mirar a la historia de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Martin Luther King Jr. denunció vehementemente la equidistancia en su famosa “Carta desde una cárcel de Birmingham”, donde afirmó: “Más que los ataques abiertos de las personas de mala voluntad, temo el silencio de las personas de buena voluntad”. La moderación y la equidistancia de los llamados blancos liberales, que preferían la calma y el orden a la justicia, se convirtieron en un obstáculo significativo para el progreso de los derechos civiles. Esta postura equidistante no solo retrasó el avance hacia la igualdad, sino que también validó las estructuras opresivas existentes.
Además, la equidistancia en política no es siempre un signo de sabiduría o virtud. A menudo, puede ser una táctica conveniente para evitar conflictos y mantener una posición de poder o privilegio. El escritor y filósofo francés Albert Camus escribió: “La indiferencia o el silencio puede ser tan mortífero como la acción de los opresores”. Esta afirmación subraya que la equidistancia puede ser una forma de escapismo moral, una manera de evitar las complicaciones y las responsabilidades inherentes a la toma de decisiones éticas.
La historia reciente de Europa ofrece otro ejemplo pertinente. Durante la Guerra de Bosnia en la década de 1990, la comunidad internacional, incluyendo a muchas naciones europeas, adoptó una postura equidistante durante gran parte del conflicto. Este enfoque permitió que se perpetraran atrocidades como el genocidio de Srebrenica, donde más de 8,000 musulmanes bosnios fueron asesinados. La equidistancia de la comunidad internacional no solo fue una falla moral, sino que también tuvo consecuencias catastróficas para las víctimas.
En el contexto actual, la equidistancia se manifiesta de diversas maneras, a menudo en relación con el auge del populismo y los movimientos de extrema derecha. Cercas menciona a Kylian Mbappé, quien llamó a no votar por los extremos en las elecciones francesas. Sin embargo, esta postura de equidistancia puede ser peligrosa cuando uno de los “extremos” es un movimiento abiertamente racista y xenófobo. Comparar a quienes luchan por la justicia social y la igualdad con aquellos que promueven el odio y la discriminación es una falacia moral que solo sirve para deslegitimar las luchas legítimas y urgentes contra la opresión.
En España, la reciente polarización política ha llevado a algunos a adoptar posturas equidistantes entre los partidos tradicionales y los movimientos independentistas. Sin embargo, como señala el sociólogo y economista español Manuel Castells, “la equidistancia en estos casos puede ser una forma de negación de la realidad de la opresión y la injusticia histórica”. Ignorar las causas subyacentes de los movimientos independentistas y equipararlos moralmente con los abusos de poder es una simplificación peligrosa que perpetúa las tensiones y los conflictos.
La filósofa y teórica política Hannah Arendt ofrece una visión valiosa sobre la responsabilidad moral en tiempos de crisis. En su obra «La banalidad del mal», Arendt argumenta que la falta de pensamiento crítico y la disposición a seguir órdenes sin cuestionarlas pueden llevar a la complicidad en actos de gran maldad. La equidistancia, en este sentido, puede ser vista como una forma de abdicar de la responsabilidad moral de pensar críticamente y tomar una posición firme contra la injusticia.
Además, la equidistancia puede ser una herramienta utilizada por los poderes establecidos para mantener el status quo. El sociólogo alemán Max Weber describió cómo las élites políticas y económicas utilizan la neutralidad y la equidistancia para perpetuar su dominio. Al promover una falsa equivalencia entre los opresores y los oprimidos, las élites pueden desactivar movimientos de resistencia y mantener su control sobre las estructuras de poder.
En última instancia, la equidistancia no es inherentemente virtuosa ni deseable en todos los contextos. En situaciones de injusticia evidente, permanecer neutral no solo es una abdicación de la responsabilidad moral, sino también una forma de complicidad. Como lo expresó Edmund Burke, “lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada”. La equidistancia puede parecer una postura cómoda y razonable, pero en tiempos de crisis y opresión, es una forma de inacción que permite que las injusticias persistan.
La historia y la teoría política nos enseñan que la equidistancia puede ser una trampa moral que nos lleva a la complicidad con el mal. Desde Dante y Gramsci hasta King y Arendt, los grandes pensadores y líderes han advertido contra los peligros de la neutralidad en tiempos de crisis. En lugar de buscar el “justo medio” en todas las circunstancias, debemos ser capaces de discernir cuándo es necesario tomar una postura firme y ética. La verdadera virtud no reside en la equidistancia, sino en la valentía de defender la justicia y la dignidad humana, incluso cuando hacerlo es incómodo o peligroso.

