Desmontando la farsa de Javier Cercas: cómo la equidistancia se convierte en complicidad moral en tiempos de crisis.

(Ayer escribí otro artículo de critica al texto de Cercas, pero hoy vuelvo sobre ese mismo asunto)
Javier Cercas, en su artículo publicado ayer domingo 21 de Julio en El País Semanal bajo el título «Confucio, Mbappé y los equidistantes”, se enreda en una defensa risible y pueril de la equidistancia, argumentando que ésta es una virtud suprema arraigada en la sabiduría de los antiguos filósofos y, absurdamente, en los consejos de un futbolista moderno. Sin embargo, su argumentación se desploma bajo el peso de su propia fragilidad y superficialidad, mostrando una alarmante desconexión con la realidad histórica, política y ética. La equidistancia no es la virtud que Cercas idealiza, sino una postura cobarde y cómplice en tiempos de crisis y conflicto moral.
Para comenzar, revisemos el contexto en el cual Cercas sitúa su defensa de la equidistancia. Cercas cita a Confucio, Buda, Platón y Aristóteles para justificar su postura, pero es evidente que está manipulando sus enseñanzas fuera de contexto. Los tiempos y circunstancias en los que estos pensadores operaban eran radicalmente diferentes de las complejidades políticas y sociales de hoy. El intento de Cercas de equiparar la filosofía antigua con los dilemas políticos contemporáneos es, en el mejor de los casos, una simplificación grotesca y, en el peor, una manipulación intelectual deshonesta.
Luego, Cercas recurre a una figura tan inverosímil como Kylian Mbappé para reforzar su argumento. Es absurdo y patético que un escritor de renombre tenga que recurrir a un futbolista para defender una posición filosófica y política. Mbappé es un futbolista o un atleta, no un filósofo político. Usar su opinión como un argumento de peso en una discusión tan seria es un insulto a la inteligencia de los lectores y una muestra de la desesperación de Cercas por encontrar apoyo para su tesis débil y carente de fundamento.
La equidistancia, en su esencia, es una forma de evasión. Hannah Arendt, en su obra «Responsabilidad y juicio», condena esta actitud, argumentando que la neutralidad frente al mal equivale a ser cómplice del mal. Arendt explora la capacidad de los individuos para juzgar y tomar decisiones morales, especialmente en situaciones de totalitarismo y atrocidades. Destaca la importancia de la responsabilidad individual frente a la injusticia. Además critica la inacción y la indiferencia moral, sugiriendo que no tomar partido frente al mal es una forma de complicidad. Así, su pensamiento implica que la equidistancia en contextos de injusticia es moralmente reprobable. Arendt destaca también que, en tiempos de crisis moral, no tomar partido es una forma de consentimiento tácito a las atrocidades. La equidistancia no es una virtud, sino una postura de cobardía y falta de compromiso ético. Cercas parece ignorar este hecho crucial, lo que demuestra una alarmante falta de profundidad en su análisis.
En su artículo, Cercas reconoce que en el contexto de ETA y la democracia española, la equidistancia era inaceptable. Sin embargo, falla estrepitosamente al no aplicar este criterio a otros contextos contemporáneos. Este doble rasero es una muestra de incoherencia intelectual y moral. En situaciones de injusticia y opresión, la equidistancia es una postura inaceptable y moralmente reprobable. No se puede ser neutral frente a la opresión, la tiranía y la violencia. La historia está llena de ejemplos donde la equidistancia ha permitido que el mal prospere. Durante la Segunda Guerra Mundial, la postura de neutralidad de muchos países permitió a Hitler avanzar sin resistencia significativa. Martin Luther King Jr. expresó claramente esta idea cuando dijo: «Lo que me preocupa no es el grito de los violentos, sino el silencio de los buenos.» La equidistancia es ese silencio culpable.
Cercas argumenta que en la política española actual, la equidistancia es posible y deseable debido a la supuesta similitud entre PP y PSOE. Sin embargo, esta afirmación es una muestra de ignorancia y simplismo. La política española está llena de divisiones profundas y conflictos reales que no pueden ser ignorados bajo el manto de la equidistancia. La pretensión de que estos partidos comparten más de lo que los separa es una forma de minimizar y trivializar las diferencias significativas en sus políticas y su impacto en la sociedad. Esta postura es una afrenta a aquellos que se sienten progresistas y luchan por un proyecto alejado de las políticas conservadoras. Sin embargo, es cierto que el bipartidismo en España ha limitado la representación política, reduciendo la diversidad de ideas y dificultando la inclusión de nuevas voces en la toma de decisiones. Y ello, quizás, por motivo de la maldita equidistancia.
Además, la retórica de equidistancia de Cercas ignora por completo el concepto de justicia social. John Rawls, en su obra «Teoría de la justicia”, argumenta que la justicia no puede ser alcanzada mediante la equidistancia, sino a través de la toma de decisiones que favorezcan a los menos privilegiados. La equidistancia, en este sentido, es una forma de perpetuar las desigualdades y la injusticia, ya que no toma en cuenta las asimetrías de poder y recursos. Cercas, al abogar por la equidistancia, está promoviendo una forma de conservadurismo pasivo que beneficia a los poderosos y perjudica a los vulnerables.
Cercas también ignora la dinámica del poder y la resistencia en su análisis. Michel Foucault, en su estudio sobre el poder, nos recuerda que la neutralidad es una ilusión en un campo de fuerzas en constante lucha. La equidistancia no es neutralidad, sino una forma de alinearse con el status quo. En tiempos de injusticia y opresión, la verdadera neutralidad no existe; al no oponerse activamente al opresor, uno se convierte en cómplice de la opresión. Foucault sostiene que las relaciones de poder están en constante lucha y que la neutralidad en estos contextos es una ilusión porque el poder está en todas partes y afecta a todas las relaciones sociales. Esto implica que no tomar una posición activa frente a las injusticias es, en efecto, una forma de alinearse con el status quo. La inacción y la equidistancia pueden ser vistas como una aceptación tácita de las estructuras de poder existentes. La equidistancia es, por lo tanto, una traición a la lucha por la justicia y la equidad.
La equidistancia puede parecer una postura segura y razonable, pero en realidad es una forma de abdicar de la responsabilidad moral. Cercas, con su defensa de la equidistancia, está promoviendo una forma de pereza moral y ceguera ética. En tiempos de crisis y conflicto, necesitamos voces que se levanten y tomen partido por la justicia y la verdad, no que se escondan detrás de una falsa neutralidad.
En conclusión, Javier Cercas nos presenta una visión equivocada y peligrosa de la equidistancia. Su argumentación, basada en citas fuera de contexto y en apoyos ridículos, es un testimonio de la falta de profundidad y coherencia en su análisis. La equidistancia no es la virtud que Cercas pretende; es una forma de complicidad con el mal y la injusticia. En tiempos de crisis, necesitamos más que nunca el coraje de tomar partido y luchar por lo que es justo. Cercas, con su defensa de la equidistancia, nos invita a la cobardía y a la inacción. Es una invitación que debemos rechazar contundentemente, en nombre de la justicia y la responsabilidad moral.

