Los sicarios de la propiedad

En la penumbra de una sociedad que se devora a sí misma, emergen los desokupas, sombras despiadadas que extorsionan a los más pobres, arrebatando hogares y sueños con la frialdad del acero. Son los heraldos de un sistema que ha olvidado su alma, y su brutalidad es el eco oscuro de una crisis que clama por justicia. Sumérgete en esta crónica donde el miedo se convierte en resistencia, y la violencia, en una insurrección contra la tiranía del capital. Aquí, en el umbral de lo inevitable, se libra una batalla por la dignidad.

En la penumbra de una sociedad que se devora a sí misma, emergen los desokupas, sombras despiadadas que extorsionan a los más pobres, arrebatando hogares y sueños con la frialdad del acero. Son los heraldos de un sistema que ha olvidado su alma, y su brutalidad es el eco oscuro de una crisis que clama por justicia. Sumérgete en esta crónica donde el miedo se convierte en resistencia, y la violencia, en una insurrección contra la tiranía del capital. Aquí, en el umbral de lo inevitable, se libra una batalla por la dignidad.

En un rincón oscuro de nuestra sociedad, donde el rugido del capitalismo ahoga el gemido de la miseria, ha emergido una figura siniestra: el desokupa. Este personaje, ajeno a la compasión, se alza como el brazo armado de una élite cada vez más despiadada, dispuesta a utilizar los medios más viles para proteger sus intereses. Se trata de una bestia forjada en la fragua del odio, alimentada por la desesperación de quienes han sido despojados de todo, menos de su dignidad. Una dignidad que, sin embargo, se ve constantemente pisoteada por estas fuerzas que se presentan no como protectoras de la ley, sino como mercenarios de la avaricia.

Los desokupas no son más que matones de discoteca, con la mandíbula apretada y los puños siempre preparados para la violencia. Pero no se equivoquen: no son simples rufianes de barrio. Ellos actúan con la bendición, y a menudo con la complicidad, de quienes deberían proteger a los más vulnerables. Son los sicarios de una guerra no declarada, una guerra que se libra en las calles de nuestros barrios más humildes, en los pisos que resuenan con los llantos de los niños que no entienden por qué sus padres tiemblan cada vez que alguien llama a la puerta.

El auge de estas empresas de desokupación es un síntoma de una sociedad enferma, que ha perdido el norte y se ha entregado al culto del dinero. En lugar de buscar soluciones humanas y justas a la emergencia habitacional que asola a tantas familias, se recurre a la fuerza bruta, al acoso, a la intimidación. Se despoja a las personas de sus hogares como si se tratase de una limpieza de primavera, sin importar que el polvo que se barre sea, en realidad, carne y sangre, vidas enteras que se desmoronan bajo el peso de una economía implacable.

Estos mercenarios de la propiedad privada actúan con la misma frialdad con la que un verdugo ajusta la soga alrededor del cuello de su víctima. No se limitan a cumplir un contrato; se deleitan en la crueldad, se jactan de su impunidad, y difunden su veneno a través de las redes sociales, como si fueran héroes de una cruzada oscura y perversa. Es el triunfo del odio, del fascismo en su forma más pura, de esa ideología que no necesita banderas ni discursos grandilocuentes para imponerse. Solo necesita el silencio cómplice de quienes, desde sus torres de marfil, observan la barbarie y asienten con satisfacción.

Es precisamente este silencio el que más duele, el que más indigna. Porque no se trata solo de un problema de orden público o de legalidad; se trata de una cuestión moral, de una lucha entre el bien y el mal en la que, lamentablemente, el mal parece estar ganando. Los desokupas no son un fenómeno aislado ni espontáneo. Son la consecuencia directa de un sistema que ha elegido proteger los intereses de los poderosos a costa del sufrimiento de los pobres. Un sistema que ha dejado de lado cualquier atisbo de humanidad para entregarse al juego sucio del capital.

La justicia, esa dama ciega que debería ser el último bastión de los desposeídos, se ha convertido en un espectador impotente de esta tragedia. Los procesos judiciales, largos y tortuosos, no son más que una farsa cuando, al final del día, son los puños de los desokupas los que dictan la sentencia. Y mientras tanto, las familias continúan viviendo con el miedo constante de ser expulsadas de sus hogares, de ver sus pocas pertenencias arrojadas a la calle, de convertirse en un número más en las estadísticas de una crisis que ya no puede ser ignorada.

Pero no solo es el miedo lo que se expande como una mancha de aceite por nuestras ciudades. Es también la rabia, una rabia sorda que se acumula en el pecho de aquellos que ya no tienen nada que perder. Porque cuando una sociedad se quiebra de esta manera, cuando el contrato social se rompe y la violencia se institucionaliza, el resultado no puede ser otro que la resistencia. Una resistencia que, aunque nacida del dolor, se alimenta de la esperanza, de la convicción de que otro mundo es posible, de que la dignidad humana no puede ser reducida a un simple saldo contable.

En este contexto, los movimientos sociales que se alzan en defensa de los derechos de las inquilinas e inquilinos se convierten en la última trinchera de la decencia. Son ellos quienes, con escasos recursos y enfrentando amenazas constantes, se atreven a desafiar a los desokupas y a los intereses que estos representan. Son ellos quienes, los activistas del Sindicato de Inquilinas, los que con sus cuerpos, se interponen entre las familias y el desalojo o desahucio, quienes recogen las piezas rotas de una sociedad que ha perdido su rumbo. Y es precisamente por eso que son atacados con tanta ferocidad: porque representan una amenaza real para un sistema que se basa en la opresión y la desigualdad.

Pero a pesar de la brutalidad con la que son reprimidos, estos movimientos no ceden. Al contrario, cada golpe que reciben, cada insulto que soportan, los hace más fuertes, más decididos a continuar la lucha. Porque saben que no están solos, que detrás de ellos hay una legión de personas que, aunque en silencio, comparten su causa. Saben que cada vez que un desokupa levanta la mano contra un activista, no solo golpea a una persona, sino a toda una comunidad que se niega a rendirse.

La presunta complicidad de los cuerpos policiales en esta dinámica es, sin duda, uno de los aspectos más oscuros y preocupantes de la situación. La línea que separa la legalidad de la ilegalidad se vuelve borrosa cuando quienes deberían velar por el cumplimiento de la ley se convierten en aliados de quienes la violan sistemáticamente. Es una connivencia que erosiona la confianza pública en las instituciones y que deja a los más vulnerables en una situación de indefensión absoluta. La policía, que debería ser un instrumento de protección, no debe convertirse en un arma de opresión, utilizada para garantizar que los intereses de los poderosos se impongan sobre los derechos de los débiles.

Es inevitable preguntarse hasta dónde llegará esta espiral de violencia y represión. ¿Cuántas familias más deberán ser desalojadas a la fuerza antes de que se reconozca que el problema no son las inquilinas e inquilinos, sino un sistema que los excluye? ¿Cuántas vidas deberán ser destruidas antes de que se entienda que la vivienda no puede seguir siendo tratada como una mercancía más, sujeta a las leyes del mercado y a los caprichos de los especuladores?

La respuesta a estas preguntas no es sencilla, pero lo que está claro es que no podemos permitir que la situación continúe deteriorándose. La lucha contra los desokupas es, en el fondo, una lucha por la dignidad humana, por el derecho a vivir en paz y seguridad, por el derecho a tener un hogar. Es una lucha que nos concierne a todos, porque lo que está en juego no es solo el destino de unos cuantos, sino el futuro de nuestra sociedad en su conjunto.

Debemos alzar la voz contra estos mercenarios de la propiedad y desesperación irracional, denunciar su violencia y exigir que se les ponga fin. No podemos seguir tolerando que actúen con total impunidad, amparados por un sistema que los legitima. Es hora de decir basta, de reclamar justicia para quienes han sido despojados de todo, menos de su derecho a vivir con dignidad.

Pero más allá de la denuncia, es imprescindible que comencemos a construir alternativas. Necesitamos un nuevo modelo de vivienda, basado en la justicia social y en el respeto por los derechos humanos. Un modelo que ponga fin a la especulación y que garantice que nadie sea expulsado de su hogar por no poder pagar un alquiler desorbitado. Es necesario un cambio profundo en nuestra manera de entender la propiedad y la riqueza, un cambio que privilegie el bienestar colectivo por encima del lucro individual.

Este no es un sueño utópico, sino una necesidad urgente. Si no actuamos ahora, corremos el riesgo de que la violencia siga escalando, de que los desokupas se conviertan en la norma y no en la excepción, de que el odio siga expandiéndose como un cáncer por nuestras calles. No podemos permitir que eso suceda. Debemos organizarnos, movilizarnos y exigir un cambio real.

La historia nos ha enseñado que la resistencia es posible, que la justicia puede prevalecer incluso en las circunstancias más difíciles. Pero para que eso ocurra, es necesario que todos nos involucremos, que todos tomemos partido. No podemos ser meros espectadores de esta tragedia; debemos ser actores, protagonistas de un cambio que es no solo deseable, sino inevitable.

El reloj de la injusticia sigue corriendo, pero también lo hace el reloj de la resistencia. La pregunta es: ¿cuál de los dos marcará el ritmo del futuro? No podemos esperar que alguien más lo decida por nosotros. Es nuestra responsabilidad, como ciudadanas y ciudadanos, como seres humanos, tomar las riendas de nuestro destino y construir un mundo en el que la dignidad y la justicia no sean solo palabras vacías, sino realidades palpables.

La conclusión es clara: los desokupas deben desaparecer, y con ellos, el sistema que los engendró. Es un reto formidable, pero no imposible. La lucha por la justicia, por la dignidad, por el derecho a un hogar, es una lucha que vale la pena librar. Es una lucha que debemos ganar.

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