
En la tierra donde los olivos crecen entre ruinas y el viento susurra los nombres de aquellos que ya no están, se despliega una tragedia de proporciones ancestrales. Bajo un cielo que ha sido testigo de siglos de historia, un pueblo -que habita en los territorios de la Franja de Gaza y Cisjordania– sufre en el silencio ensordecedor de la injusticia. Palestina, con sus calles desgarradas y sus corazones rotos, es un lugar donde la esperanza lucha por sobrevivir entre los escombros de una ocupación interminable.
Aquí, la balanza no se inclina; se desploma con el peso abrumador de la opresión. Mientras el sol se pone tras los muros que cercan la libertad, un pueblo enfrenta el implacable poder de un ejército armado hasta los dientes, respaldado por la frialdad de la indiferencia global. El equilibrio es una ilusión, una sombra que se desvanece ante la realidad de una ocupación que niega la dignidad y los derechos más básicos.
Los campos, donde una vez florecieron los sueños, están ahora regados por el llanto de madres que han visto a sus hijos arrancados de sus brazos. Las casas, que alguna vez resonaron con risas, yacen en ruinas, víctimas de un poder sionista implacable y colosal que se disfraza de «autodefensa» mientras aplasta sin misericordia. ¿Dónde está la justicia en un mundo donde las piedras lanzadas en desesperación se encuentran con bombas que reducen barrios enteros a polvo?
El presunto «derecho de defensa» pierde su eco cuando es utilizado para justificar el genocidio y la devastación, cuando se esgrime para proteger muros mientras miles de vidas se desmoronan. La ocupación, con su crueldad cotidiana, con sus bloqueos que estrangulan, con sus check-points (puestos de vigilancia) que humillan, es una herida abierta que sangra día tras día, alimentada por la inacción de un mundo que mira hacia otro lado.
Es fácil hablar de “seguridad” cuando se está al amparo de la fuerza, pero la verdadera seguridad no se forja en la opresión, sino en la justicia. No hay paz en un lugar donde la libertad está encarcelada tras muros y alambradas. No hay seguridad en una tierra donde las niñas y niños crecen con el eco de las explosiones en lugar de las canciones de cuna.
La narrativa de dos bandos en conflicto es una falsedad o una simplificación cruel que ignora la realidad del gigantesco desequilibrio, de la asimetría brutal que define este enfrentamiento. Mientras un lado despliega su poderosa y sofisticada maquinaria de guerra, el otro busca refugio entre los escombros de lo que una vez fue hogar. No se trata de una guerra justa; se trata de la supervivencia de un pueblo frente a una maquinaria colosal que, bajo el pretexto de la seguridad, perpetúa el genocidio, el sufrimiento y la desesperanza.
El grito de Palestina no es solo un grito de dolor; es un llamado a la conciencia del mundo. Es un ruego por el reconocimiento de su humanidad, por el fin de la ocupación, por la libertad de vivir sin el temor constante de la muerte que desciende del cielo. Es un llamado a ver, a escuchar, a actuar. Porque en las cenizas de Gaza, en las calles de Cisjordania, en los ojos de las niñas y niños palestinos que no conocen un día sin miedo, se refleja la urgencia de la justicia.
Que las palabras no sean solo ecos vacíos en el viento, que la poesía no sea solo un consuelo pasajero. Que las acciones sigan al clamor, que la humanidad despierte de su letargo. Porque mientras haya hombres y mujeres que sufren, niños y niñas que lloran en la noche por un padre que no volverá, mientras haya una madre que vela por sus muertos, la responsabilidad recae sobre todos nosotros. No es solo una lucha de Palestina; es una lucha por la dignidad humana, por la libertad, por el derecho a existir en paz.