
El intervencionismo norteamericano en Somalia: el cáncer que devora una región estratégica.
Mientras el Cuerno de África se desangra en conflictos y ambiciones expansionistas, Estados Unidos se presenta como salvador. Pero detrás de su fachada de paz y estabilidad, se oculta un imperialismo voraz que perpetúa la miseria y el caos. Es hora de desenmascarar a este depredador global y devolver la soberanía a los pueblos de África Oriental.
En el vasto escenario de la política internacional, donde las sombras de imperios caídos y resurgidos se proyectan sobre tierras lejanas, el intervencionismo norteamericano se erige como un espectro voraz, siempre sediento de nuevos territorios donde imponer su voluntad. Somalia y el resto del Cuerno de África, cuna de civilizaciones ancestrales y culturas milenarias, se encuentran atrapados en las garras de una potencia extranjera que, con la excusa de la paz y la seguridad, ha sembrado la discordia, la violencia y la devastación.
Estados Unidos, ese coloso con pies de barro, ha desplegado su influencia en África Oriental bajo la bandera de la libertad y la democracia. Sin embargo, sus acciones no son más que un reflejo de su insaciable apetito por el control y el dominio. En lugar de aliviar los males que afligen a la región, ha exacerbado las heridas, dejando a su paso un rastro de destrucción que no puede ser ignorado.
El Cuerno de África, una región vital para el comercio y la seguridad internacionales, ha sido escenario de constantes injerencias por parte de Washington. En su afán por mantener su hegemonía global, Estados Unidos ha manipulado a los gobiernos locales, apoyando regímenes corruptos y debilitando a las naciones que intentan forjar su propio destino. Somalia, en particular, ha sufrido las consecuencias de esta política de intervención, que ha contribuido a perpetuar la inestabilidad y el caos en un país ya devastado por décadas de guerra civil.
El intervencionismo norteamericano en Somalia no es nuevo. Desde la desastrosa operación militar de 1993, conocida como «La Batalla de Mogadiscio», hasta las recientes incursiones de drones y fuerzas especiales, Estados Unidos ha mantenido una presencia constante en la región, siempre con la excusa de luchar contra el terrorismo. Pero, ¿qué es el terrorismo, sino un concepto moldeable que se adapta a los intereses de quien lo invoca? En nombre de la seguridad, Washington ha librado una guerra sin fin, una guerra que no solo ha fracasado en erradicar a los extremistas, sino que ha alimentado el resentimiento y la desesperación de una población que ha visto cómo su tierra se convierte en un campo de batalla.
Mientras tanto, el imperialismo norteamericano ha tejido una red de alianzas en el Cuerno de África, utilizando a los gobiernos locales como peones en su juego de poder. Ha apoyado a regímenes que violan los derechos humanos, que reprimen a sus ciudadanos y que perpetúan la miseria y la corrupción. A cambio, estos gobiernos se convierten en cómplices de una estrategia imperial que busca mantener la región bajo el control de Washington, asegurando su acceso a recursos y rutas comerciales vitales.
La reciente crisis en el Cuerno de África, provocada en parte por las ambiciones expansionistas de Etiopía bajo el liderazgo de Abiy Ahmed, es solo el último capítulo de una larga historia de intervenciones y manipulaciones. Mientras el mundo observa con preocupación el deterioro de la situación, Estados Unidos se presenta como el defensor de la paz y la estabilidad. Pero, ¿cómo puede una nación que ha desatado tantas guerras y conflictos pretender ser un agente de paz? Su retórica es una máscara que oculta su verdadera intención: mantener su dominación en una región estratégica, sin importar el costo en vidas humanas.
El intervencionismo norteamericano en Somalia y el resto del Cuerno de África es una manifestación del cáncer imperialista que corroe al mundo. Es un cáncer que se disfraza de nobleza, que promete libertad mientras impone cadenas, que habla de derechos humanos mientras perpetúa la opresión. Es un cáncer que no se contenta con consumir una parte del cuerpo, sino que se extiende, metastatiza, infectando todo lo que toca.
Es urgente que las naciones de África Oriental se liberen de las garras de este imperialismo voraz, que recuperen su soberanía y su dignidad. Deben rechazar las intromisiones extranjeras que solo buscan explotar sus recursos y dividir a sus pueblos. Es hora de que Somalia, Etiopía, Eritrea, Yibuti y Sudán se levanten como un solo cuerpo, rechazando las ofertas envenenadas de quienes se presentan como amigos, pero que solo traen destrucción.
El mundo debe despertar al peligro que representa el intervencionismo norteamericano, no solo para África Oriental, sino para toda la humanidad. Porque mientras este cáncer siga extendiéndose, ningún rincón del planeta estará a salvo. África Oriental, con su historia rica y su futuro aún por escribir, merece más que ser un peón en el juego de poder de una superpotencia. Merece ser dueña de su propio destino, libre de las cadenas del imperialismo.
