El patriarcado nos está matando

Basta de violencia patriarcal

El dolor de una víctima de violencia machista no es solo suyo. Nos afecta a todas y todos, nos sacude como un huracán invisible que arrastra nuestra complicidad y silencio, que resuena desde las raíces de nuestra sociedad. Es un clamor que se refleja en la piel de cada mujer, de cada niña, y lleva consigo las cicatrices de una guerra no declarada, pero constante, brutal y sistemática. Nos enfrentamos a una realidad insostenible: la violencia contra las mujeres, esa herida profunda que mancha de dolor y rabia cada rincón de Vigo, de Galicia, del mundo entero. Cada golpe, cada abuso, cada humillación es una manifestación monstruosa de una estructura patriarcal que insiste en imponerse, en silenciar y someter. Pero esto tiene que terminar. Ya basta.

Las cifras no son solo números fríos. Son historias truncadas, vidas destrozadas. En Vigo, los 91 delitos sexuales registrados en el primer semestre del año 2024, según una información de Atlántico Diario, nos gritan la urgencia de actuar. De romper el silencio que asfixia a las mujeres, de que tanto hombres como mujeres enfrentemos con determinación y coraje la violencia que otros hombres descargan sobre ellas. Casi cuatro agresiones sexuales a la semana. Cuatro vidas asaltadas, marcadas por el odio y la misoginia, por una cultura machista que persiste en la idea de que el cuerpo de una mujer es territorio a conquistar, un objeto a someter, a usar, a violar.

Este año, 28 mujeres fueron violadas en Vigo. Esa cifra se ha multiplicado por cuatro respecto a 2022. Cuatro veces más odio, cuatro veces más dolor. ¿Cuántas más tienen que sufrir para que entendamos la magnitud del problema? ¿Cuántas más deben llorar en la oscuridad de la noche, sintiéndose culpables por los crímenes que otros cometen contra ellas? No podemos seguir pretendiendo que este no es nuestro problema. No podemos seguir mirando hacia otro lado mientras como sociedad nos desangramos.

Los niños y niñas, los más vulnerables, también sufren en manos de este monstruo que se alimenta de nuestra indiferencia. Menores que no comprenden, que crecen aprendiendo que su integridad física y emocional no tiene valor en un mundo que tolera y justifica la violencia machista. Los abusos sexuales contra menores, muchas veces perpetrados por personas de su entorno cercano, son la forma más insidiosa de esta violencia. Esto demuestra que el machismo no es un problema aislado, no es el acto de un «monstruo» en singular. Es una estructura, una ideología, un modo de vida que penetra todos los aspectos de nuestra sociedad.

Los responsables de estos crímenes no son solo los agresores. También lo son aquellos que guardan silencio, los que miran hacia otro lado, los que excusan el abuso con frases como “es cosa de hombres” o “ella lo provocó”. Ese silencio cómplice es lo que sostiene la maquinaria del patriarcado. Un patriarcado que no es solo un sistema económico o político, sino una forma de pensar, de vivir, de entender el mundo. Es el aire envenenado que respiramos, que nos enseña a aceptar la violencia como algo natural, cuando no lo es. Nunca lo fue.

La violencia sexual, los feminicidios, los abusos infantiles, las agresiones cotidianas contra los cuerpos y las almas de las mujeres no son accidentes. Son el resultado directo de una cultura patriarcal que deshumaniza a las mujeres, que las reduce a objetos de deseo o de desprecio. Y no podemos olvidar que el patriarcado también daña a los hombres, al imponerles un rol de dominadores, de agresores. El machismo nos destruye a todos, pero primero lo hace con las mujeres.

Es hora de desmantelar ese patriarcado que se alimenta de nuestras debilidades. Debemos denunciarlo, exponerlo a la luz, con todas sus falsas justificaciones. Decir basta es el primer paso, pero no podemos detenernos ahí. Tenemos que construir una nueva realidad, una en la que la violencia contra las mujeres no sea vista como una tragedia inevitable, sino como lo que es: una aberración, un crimen atroz, un ataque a toda la humanidad.

Mientras este año se celebraban juicios por delitos sexuales en Vigo, muchos contra menores, el patriarcado seguía operando, produciendo más violencia, más víctimas. La justicia es necesaria, pero insuficiente si no abordamos las raíces del problema. No basta con castigar a los culpables: hay que desmantelar las creencias y actitudes que permiten que esta violencia persista. Porque esta violencia no es natural ni inevitable. Es una construcción social, y podemos, y debemos, desmantelarla.

Los hombres tenemos que unirnos a esta lucha. No como aliados pasivos, sino como agentes activos en la deconstrucción del patriarcado. Tenemos que reconocer nuestros privilegios y trabajar para desmantelarlos, romper con los roles de género que nos han sido impuestos. El feminismo no es solo una lucha de mujeres, es una lucha por la humanidad, por la justicia, por la igualdad. Y es hora de que todos asumamos nuestra responsabilidad.

El machismo mata. Esa es la realidad. Mata con el silencio, con la indiferencia, con la complicidad. Pero también mata con la violencia directa: los golpes, las violaciones, los asesinatos. Mata cuando valoramos más la comodidad de un hombre que la vida de una mujer. Mata cuando excusamos el abuso, cuando minimizamos el dolor de los demás. Mata cuando permitimos que el patriarcado siga siendo la norma.

Despertar es doloroso, pero necesario. Cada acto de violencia machista es una herida en el corazón de nuestra sociedad, una señal de que hemos fallado, de que seguimos fallando. Pero también es un grito, una llamada a la acción, a la resistencia, a la revolución. No podemos permitir que el patriarcado siga arrebatando vidas, siga violando los cuerpos de las mujeres, siga silenciando la voz de las mujeres. Despertar es el primer paso hacia la libertad, y no podemos dar un paso atrás. La lucha feminista es la lucha por la vida, y debemos estar todos en ella, sin excepciones.

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