
Porque pedirle a un casero que baje el alquiler es como pedirle a un tiburón que coma ensalada.
En un giro inesperado, la ministra de Vivienda ha decidido que la solución a la crisis del alquiler es una buena dosis de «solidaridad». ¡Claro que sí! Todos sabemos que el mercado inmobiliario siempre ha sido un baluarte de la generosidad desinteresada. Entre propietarios convertidos en filántropos de barrio y políticos viviendo en dimensiones alternativas, queda claro que la comedia está servida.
Había que verlo para creerlo. La ministra de Vivienda y Agenda Urbana, Isabel Rodríguez García, no podía haber elegido mejor día para vestirse de Santa Teresa del Alquiler y repartir solidaridad a diestro y siniestro, apelando a los propietarios, esos seres mitológicos a los que, al parecer, solo les faltaba una caricia verbal para que se convirtieran en la Madre Teresa de Calcuta, versión inmobiliaria. «Vamos, que bajen ustedes los alquileres, sean solidarios«, dice la ministra, con una sonrisa beatífica que haría ruborizar al mismísimo Papa.
¿Solidaridad? ¡Claro que sí, ministra! El sueño de cualquier casero no es otro que perder dinero por el bien común. ¿Qué mejor que aplicar la filosofía del “Hoy por ti, mañana por mí” mientras ves cómo tu alquiler baja y las facturas suben, cantando alegremente «Kumbayá» en el balcón de tu ático en Chamberí? ¡Oh, dulce utopía! Claro que los propietarios están deseando dejar de cobrar esas rentas ridículas de 1.500 euros por pisos con vistas al patío interior y, en su lugar, colgar un cartel de «Solidario desde 2024«. Entrañable, ¿verdad?
La propuesta de la ministra tiene la lógica impecable de una tostadora eléctrica en una bañera. ¡Pidamos también solidaridad a los bancos! Que esos queridos amigos del pueblo, famosos por su generosidad y tacto humano, perdonen nuestras hipotecas, porque… bueno, porque ser amable está de moda. Y ya puestos, ¡no olvidemos pedir solidaridad a nuestros queridos Fondos Buitre! Sí, esos angelitos del capitalismo, siempre tan cercanos y empáticos. ¿Qué tal un llamamiento a BlackStone para que rebaje unos eurillos, así, por el bien común? Total, seguro que su junta directiva lleva meses diciendo: «Oye, chicos, ¿y si este trimestre en vez de beneficios hacemos caridad?» A ver si entre dividendos y desahucios, encuentran un hueco para soltar una limosnita solidaria. Y ya que estamos en la senda de la iluminación financiera, ¿por qué no pasamos por la gasolinera a pedir que nos llenen el depósito de solidaridad? “Sí, deme 50 euros de bondad, y si me puede ajustar el precio, que me quede la mitad en gasolina y la otra en amor fraternal.”
Pero no acaba ahí la tragicomedia, ¡qué va!. El Alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida Navasqüés, del Partido Popular, que siempre está listo para poner la guinda en este pastel surrealista, va y nos dice que «una familia con salario medio puede vivir a 15 minutos del centro de Madrid«. Claro, si vives a 15 minutos del centro de Madrid y usando la supercoputadora de un cohete de SpaceX o el superordenador electrónico Frontier, superior al Margerit, que lleva la nave de Darth Vader, puede que la cuenta salga. Porque entre alquileres de 1.200 euros en 30 metros cuadrados y un sueldo medio de mileurista… ¡sí, cómo no! ¡A 15 minutos! Eso sí, a 15 minutos de cortarte las venas con el contrato de arrendamiento.
Y aquí estamos, una ministra que confía en la filantropía del mercado inmobiliario y un alcalde que cree que la gente vive en mundos paralelos donde los salarios se multiplican como panes y peces. Si lo pensamos bien, a lo mejor Isabel Rodríguez está escribiendo el guion de la próxima comedia del año. Porque ya sabemos que en España, los milagros no se hacen con el BOE, se hacen con solidaridad. ¿Y quién necesita regulación cuando tienes la magia de pedir cosas por favor?
¡Ay, ministra! Mientras usted reza para que los caseros de este país despierten su lado altruista, nosotros rezamos para que algún día, las políticas de vivienda dejen de ser un sketch de Pantomima Full y empiecen a parecerse, aunque sea vagamente, a algo serio. ¡Pero claro! ¿Cómo no habíamos pensado en ello? El mercado inmobiliario se va a regular solito, como si fuera un perro obediente que aprende a no ladrar con solo pedírselo amablemente.
Y así, entre peticiones de solidaridad y promesas de quimeras habitacionales, seguimos las inquilinas e inquilinos, mirando el mercado de alquiler como quien mira una película de ciencia ficción… pero de las malas.