
El avance de la ultraderecha a nivel global no puede entenderse sin abordar el terreno de la lucha hegemónica, un concepto clave para analizar las dinámicas de poder en la sociedad. Su proyecto trasciende lo electoral y busca una reorganización profunda de las estructuras sociales, culturales y económicas bajo un paradigma autoritario. Frente a esto, no basta con resistir; es necesario construir un horizonte transformador que dispute el sentido común, visibilice la lucha de clases y rearticule el poder popular en todas sus dimensiones.
La ultraderecha no se limita a ocupar el aparato estatal; su estrategia comprende la transformación de las subjetividades en la sociedad civil. Esta comprensión del poder como algo que se ejerce a través de instituciones, prácticas y discursos le ha permitido imponer su narrativa como una respuesta natural a las crisis contemporáneas. Sin embargo, lo que presentan como un proyecto renovador no es más que una restauración de viejas jerarquías, enmascarada bajo valores reaccionarios como la nación, la familia tradicional y la seguridad.
Desde una perspectiva gramsciana, su éxito radica en la construcción de hegemonía: un liderazgo moral e intelectual que busca el consenso de las mayorías, no mediante coerción, sino a través de la imposición cultural de su visión del mundo. La ultraderecha ha sabido instrumentalizar este proceso, presentándose como la voz de los descontentos, explotando el agotamiento del neoliberalismo sin romper con él, y culpando a sectores vulnerables de las incertidumbres que genera el sistema.
La polarización social, lejos de ser algo negativo, refleja el agudizamiento de las contradicciones de clase en un contexto de crisis. Pretender anular esta polarización bajo un falso consenso es, en última instancia, despolitizar el conflicto y perpetuar las desigualdades. La lucha de clases no solo existe, sino que se manifiesta con mayor claridad en tiempos de crisis. Reconocerla no es alimentar divisiones artificiales, sino evidenciar las tensiones estructurales que sostienen el sistema.
La izquierda tiene la responsabilidad histórica de pasar a la ofensiva y articular una alternativa hegemónica que confronte el proyecto autoritario con una visión emancipadora. Esto no implica defender nostálgicamente las democracias liberales, marcadas por su vaciamiento participativo, sino construir un modelo que vaya más allá, promoviendo una democracia radical que sitúe las necesidades de las mayorías en el centro de la política.
El desafío comienza por disputar el lenguaje y los significados. La ultraderecha ha colonizado términos como “libertad” y “patria”, asignándoles un contenido excluyente. La izquierda debe resignificarlos desde la solidaridad y la justicia social. La verdadera libertad no es la del individualismo competitivo, sino la de comunidades que participan activamente en la construcción de su destino. Y la patria no debe ser un espacio de exclusión, sino un proyecto colectivo que priorice el bienestar común frente a los intereses de las élites.
La hegemonía también se disputa en el terreno cultural y tecnológico. Las plataformas digitales se han convertido en herramientas clave para la ultraderecha, que manipula algoritmos y concentra el poder comunicacional. Frente a esto, no basta con regular dichas plataformas; es necesario construir espacios propios que amplifiquen las voces populares y promuevan un debate público basado en la transparencia y la pluralidad. La tecnología debe ser una herramienta de emancipación, no de opresión.
Otro eje fundamental es el papel del Estado. En un contexto de crisis global, es urgente recuperar su capacidad para intervenir en la economía, redistribuir la riqueza y garantizar derechos colectivos. Esto no significa un regreso acrítico al modelo keynesiano, sino la construcción de un nuevo paradigma donde el Estado sea un espacio de disputa democrática y un aliado estratégico de los movimientos sociales. Pero el Estado, por sí solo, no basta. La transformación exige fortalecer el tejido social, promoviendo formas de organización horizontal que empoderen a las mayorías y profundicen la democracia participativa.
La construcción de una hegemonía transformadora requiere tiempo, estrategia y una conexión profunda con las aspiraciones populares. Esta lucha no se gana en un ciclo electoral ni en una década; es un proceso histórico que exige combinar acción inmediata con una visión de largo plazo. La polarización no es el enemigo; es el reflejo de un conflicto estructural que debe ser asumido como motor de cambio.
En definitiva, el avance de la ultraderecha pone de manifiesto la urgencia de construir un proyecto de justicia, igualdad y libertad que dispute el sentido común, rearticule el poder popular y abra un horizonte emancipador para la humanidad. La tarea es inmensa, pero no es imposible. La clave está en reconocer que la lucha de clases es el centro del conflicto, y que solo a través de la organización, la solidaridad y la acción colectiva será posible transformar la sociedad en beneficio de las mayorías.