Irán bajo fuego demoníaco

el

Irán vuelve a situarse en el epicentro del temblor geopolítico tras el ataque coordinado de Estados Unidos e Israel contra el corazón de su aparato estatal, una ofensiva que desborda el marco de la confrontación regional, expone la fractura profunda del orden internacional en plena crisis estructural del sistema mundo y abre nuevas grietas en el equilibrio global, intensificando la pugna por la hegemonía.

El ataque masivo lanzado por Estados Unidos e Israel contra el corazón del poder iraní no es un episodio más en la geografía convulsa de Oriente Medio. Es la irrupción violenta de una contradicción que llevaba décadas gestándose en el subsuelo del sistema mundo capitalista. Para comprender su significado conviene apartar la mirada del ruido inmediato de la crónica y leerlo como lo que es, un síntoma. En él se condensan crisis superpuestas, tensiones que operan en distintos estratos de la realidad social y que ahora estallan en una sola llamarada.

Desde una perspectiva que entrelaza teoría crítica y economía política, la escalada no puede separarse de la crisis estructural del capitalismo contemporáneo. Vivimos una fase de estancamiento prolongado, de sobreacumulación y de rentabilidad menguante. Los centros imperiales han intentado conjurarla mediante la financiarización. Cuando esa vía se agota, emerge la destrucción física de capital y la reorganización forzada del territorio. La guerra aparece entonces como prolongación de la política económica. El golpe sobre Irán, nudo energético de una de las regiones más decisivas para la circulación global, no responde al capricho de dirigentes desquiciados. Se inscribe en una lógica sistémica que solo reconoce una salida a sus propias contradicciones, la imposición violenta.

La acumulación por desposesión, cotidiana en la privatización de lo común y en la expansión financiera, encuentra en la guerra su forma desnuda. Se trata de apropiarse de recursos, controlar rutas comerciales, rediseñar Estados para hacerlos más porosos a las exigencias del capital. Las bombas no caen sobre el vacío, caen sobre mapas donde ya estaban dibujados los corredores energéticos y los flujos de inversión.

El episodio revela además la metamorfosis del poder imperial norteamericano. La imagen clásica del Estado nación que declara la guerra se diluye ante un entramado transnacional de intereses. La alianza entre Estados Unidos e Israel es más que la coordinación de dos regímenes. Es la expresión visible de una constelación que reúne corporaciones energéticas, industria armamentística, lobbies políticos y fracciones o segmentos de élites regionales que perciben en la desestabilización de Irán una oportunidad estratégica. El estado de excepción se normaliza y se proyecta sobre territorios enteros cuando la hegemonía ya no descansa en el consenso.

La soberanía iraní es vulnerada no solo en su integridad territorial sino en su capacidad de decisión. Se le niega el derecho a definir su programa nuclear y sus alianzas con otras potencias emergentes. Se actualiza así una forma de colonialidad en la que unos pocos deciden quién puede desarrollarse y quién debe ser disciplinado. El mensaje es claro, la jerarquía internacional no se discute.

Irán encarna, a los ojos del establishment occidental, la indisciplina. Ha intentado consolidar un polo autónomo, estrechar vínculos con Rusia y China, cuestionar la unipolaridad financiera y militar. En el trasfondo se juega la geografía del capital. Las nuevas rutas euroasiáticas, los corredores que enlazan Asia Central con el Mediterráneo, los ductos de gas y petróleo, constituyen el tablero real sobre el que se despliega la ofensiva. Los misiles siguen la estela de los oleoductos.

Nada de esto se agota en el plano material. La guerra es también un acontecimiento de la subjetividad. En su espectacularidad mediática fija sentidos y produce adhesiones. La vieja narrativa del eje del mal reaparece con nuevos matices. El enemigo es construido como amenaza absoluta. La violencia se presenta como excepcional, como defensa de la civilización. Sin embargo, para las periferias del sistema la excepción es rutina. Allí la amenaza es permanente.

En las metrópolis se activa otro mecanismo. La guerra ofrece una descarga emocional, un goce oscuro que reafirma identidades y sutura fracturas internas. Mientras se proyecta la ansiedad social hacia el exterior, la desigualdad y el deterioro de las condiciones de vida quedan momentáneamente relegados. El enemigo externo ordena el caos doméstico.

Pero bajo el estruendo de las explosiones persiste una pregunta más silenciosa, la de la reproducción de la vida. La guerra no es solo estrategia y cálculo. Es interrupción brutal de la cotidianidad. En Teherán, madres que buscan medicamentos que ya no llegan. Trabajadores del petróleo que pierden su sustento. Comunidades desplazadas. Infraestructuras civiles reducidas a escombros. El ataque al corazón del poder es también un ataque al corazón social.

La teoría de la reproducción social obliga a mirar allí donde el análisis geopolítico suele callar. Cuando el agua potable se convierte en objetivo militar y los hospitales pierden electricidad, alguien sostiene la vida en condiciones extremas. Esa carga recae de nuevo sobre mujeres y comunidades empobrecidas. En tiempos de paz el sistema ya extrae valor del trabajo reproductivo no remunerado. En la guerra esa extracción se vuelve descarnada.

Las consecuencias se abren como un abanico incierto. Es difícil imaginar que un golpe de esta magnitud quede sin respuesta. El entramado de alianzas regionales puede activarse y derivar en una guerra prolongada de desgaste, con riesgo permanente de escalada. Al mismo tiempo, el ataque acelera la consolidación de bloques alternativos. China y Rusia, aunque no intervengan directamente, pueden profundizar su cooperación con Irán, fortalecer mecanismos financieros que eludan el dólar y consolidar corredores comerciales paralelos. Paradójicamente, la ofensiva podría debilitar el orden que pretende reafirmar.

En el plano social global, las repercusiones no tardarán en sentirse. Las sanciones y las tensiones energéticas impactarán en Europa y otras regiones. Inflación, encarecimiento de suministros, deterioro del poder adquisitivo. El descontento puede traducirse en protestas o en repliegues nacionalistas. Las élites, amparadas en la emergencia, reforzarán dispositivos de vigilancia y recortarán derechos en nombre de la seguridad. La democracia corre el riesgo de vaciarse aún más, convertida en una forma sin sustancia.

La dimensión ecológica completa el cuadro. Un conflicto en el corazón petrolero del planeta deja cicatrices que no se borran. Refinerías incendiadas, vertidos, emisiones masivas. La huella ambiental de la guerra acelera la crisis climática y ensancha la brecha entre humanidad y naturaleza. El capitalismo en su fase bélica no solo explota el entorno, lo devora para sostenerse un poco más.

Este ataque debe leerse como un momento de condensación de una crisis civilizatoria más amplia. No es un desvío accidental sino la manifestación extrema de un orden que, al perder su capacidad de persuasión, recurre a la fuerza. Sus efectos serán profundos, reconfiguración de alianzas, intensificación de conflictos sociales, devastación ecológica y un sufrimiento que recaerá, una vez más, sobre los más vulnerables.

La guerra es el síntoma visible. La enfermedad permanece en las estructuras que la hacen posible. Pensar este episodio exige algo más que describirlo. Exige imaginar otras formas de organización social capaces de romper la lógica que convierte la destrucción en método de gobierno. Sin esa transformación de fondo, los misiles seguirán trazando en el cielo las líneas invisibles del sistema que los necesita.

* Óscar Lomba Álvarez es miembro del Consejo Ciudadano Estatal de Podemos y Coordinador de DIEM25 en Galicia

Deja un comentario