Desde el barrio, la unidad.

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La cuestión sobre cómo recomponer un espacio político unitario situado a la izquierda del PSOE regresa con fuerza al centro del debate público. Lo hace en un tiempo áspero, marcado por la expansión obscena de la desigualdad, la cronificación silenciosa de la precariedad y el avance simultáneo de una derecha desacomplejada junto a sus expresiones más extremas. Todo ello acontece mientras el campo de las izquierdas aparece disperso, irreconocible, incapaz de ofrecer una respuesta organizada, coherente y nítidamente identificable.

Los llamamientos a la reunificación proliferan. Surgen de tribunas mediáticas y de aparatos partidarios ya consolidados. Comparten un diagnóstico certero y una omisión decisiva. Acertadamente señalan que la fragmentación debilita. Sin embargo, rehúyen nombrar el núcleo material del conflicto que atraviesa el Estado plurinacional español, ese antagonismo estructural que enfrenta a los segmentos dirigentes con los sectores subalternos. Se evita señalar con claridad a quienes multiplican beneficios mientras la mayoría social ve erosionadas sus condiciones de existencia. Esa renuncia discursiva y estratégica, repetida durante el último ciclo político, explica buena parte de la desorientación actual.

Mientras algunos predican moderación, rebaja programática y pactismo como fórmula exclusiva de respetabilidad institucional, la realidad social reclama lo contrario. No se trata de ensamblar acuerdos de despacho ni de escenificar una armonía impostada entre cúpulas desconectadas del sufrimiento cotidiano. Lo que está en juego es la capacidad de reactivar el conflicto con quienes concentran poder económico y lo ejercen para precarizar la vida colectiva. Sin confrontación real no hay horizonte transformador. Sin claridad de parte no hay proyecto de cambio social ni bloque histórico.

La desmovilización no surge del exceso de tensión democrática, sino de su evaporación. Cuando la izquierda diluye el choque de intereses entre clases populares y élites económicas, cuando atenúa la denuncia de quienes fijan precios, condicionan salarios, mercantilizan la vivienda y colonizan servicios públicos, la ciudadanía percibe tibieza donde debería encontrar determinación. Los proyectos imprecisos y acomodaticios no generan confianza. Producen indiferencia, descrédito y fatiga moral.

Las operaciones de unidad diseñadas desde arriba fracasan porque reorganizan siglas sin alterar las correlaciones de fuerza. No interpelan a los actores no elegidos democráticamente que condicionan el pensamiento colectivo y determinan la vida diaria de millones de personas. No desafían a los fondos de inversión que capturan el suelo urbano y se apropian de las viviendas, a las grandes energéticas que deciden cada mes cuánto pagamos por mantener la luz encendida o la casa caliente, a las constructoras que configuran ciudades al servicio de su rentabilidad, ni a las contratas opacas que gestionan lo público como si fuera un botín privado. La ciudadanía observa esas maniobras con un escepticismo razonable, porque no advierte en ellas un pulso efectivo contra los centros reales de poder.

El deterioro del espacio situado a la izquierda del PSOE no se revertirá mediante simples reagrupamientos orgánicos ni a través de la promoción acelerada de liderazgos construidos en el ecosistema mediático. La suma de siglas, por sí sola, no altera la correlación de fuerzas sociales ni amplía la base popular si no va acompañada de un proyecto claro, enraizado y sostenido en el tiempo. Del mismo modo, la sobreexposición pública de determinadas figuras puede generar notoriedad momentánea, pero no sustituye el trabajo organizativo ni la construcción de poder social.

Esa estrategia ya ha sido aplicada en distintos momentos del último ciclo político. Generó ciclos breves de expectativa electoral y, casi de inmediato, procesos de desgaste y fragmentación. No logró consolidar estructuras sólidas ni reforzar el vínculo entre representación institucional y experiencia cotidiana de las mayorías sociales. En lugar de recomponer el espacio transformador, terminó evidenciando su fragilidad organizativa y su desconexión respecto a los conflictos materiales que atraviesan la vida social.

La reconstrucción exige una tarea más exigente y, precisamente por ello, más fértil. Exige restablecer el vínculo orgánico entre acción política y condiciones concretas de existencia. Significa volver a situar en el centro el precio de la vivienda, la precariedad laboral, el acceso a los cuidados, la calidad de los servicios públicos y la degradación medioambiental que amenaza la salud colectiva y el futuro compartido.

Porque la crisis ecológica no es un asunto periférico ni ornamental. Se traduce en barrios sin zonas verdes, en contaminación que enferma, en olas de calor que castigan con mayor dureza a quienes menos recursos tienen, en territorios convertidos en vertederos o en plataformas extractivas al servicio de intereses privados. La defensa del medioambiente no es una agenda sectorial, es una cuestión de justicia social y de supervivencia democrática.

Significa también asumir que la estructura económica no opera en el vacío, sino que se entrelaza con jerarquías históricas como el machismo y la persistencia de una sociedad patriarcal que distribuye de manera desigual el tiempo, el poder, los salarios y la seguridad. No puede hablarse de condiciones materiales sin incorporar la brecha salarial, la feminización de la precariedad, la sobrecarga invisible de los cuidados que recae mayoritariamente sobre las mujeres y la violencia machista que limita libertades básicas y condiciona trayectorias vitales.

Reconstruir implica, por tanto, abandonar la abstracción confortable y asumir el conflicto real en todas sus dimensiones. Supone nombrar con precisión aquello que duele, identificar cómo se articulan la explotación económica, la dominación patriarcal, la devastación ambiental, el racismo estructural, la exclusión territorial y la colonialidad del poder; y señalar con rigor a quienes se benefician de ese entramado. Solo desde una mirada verdaderamente poliédrica —que integre lo material y lo simbólico, lo global y lo local, la clase, el género, la raza, la procedencia, el territorio y la generación— podrá articularse un proyecto transformador con la suficiente hondura para desactivar los privilegios incrustados en cada pliegue de lo cotidiano, para ensanchar derechos sin reproducir nuevas formas de desigualdad y para disputar poder allí donde se decide también la precariedad, la deuda, el olvido o la vida.

Pero esa tarea material es inseparable de una confrontación cultural de largo aliento. Durante décadas se ha sedimentado un sentido común que presenta lo público como ineficiente por naturaleza y lo privado como solución inevitable, que reduce la solidaridad a ingenuidad y eleva el egoísmo competitivo a virtud cívica. No se trata solo de políticas equivocadas, sino de marcos mentales cuidadosamente instalados. Desmontarlos requiere inteligencia estratégica, pedagogía persistente y coherencia práctica.

Reinstalar la legitimidad de lo común como principio rector no es un gesto retórico, es una operación intelectual y política de primer orden. Supone demostrar, con hechos y argumentos, que la cooperación produce más bienestar que la competencia desregulada, que los derechos garantizados generan libertad real y que la democracia pierde sustancia cuando la economía queda fuera de su alcance. Supone disputar la definición misma de lo posible.

Sin esa batalla por el sentido común, cualquier avance institucional será frágil y reversible. Sin modificar la mirada colectiva, las transformaciones se percibirán como anomalías y no como conquistas legítimas. La alternativa es nítida. O se asume la disputa por el relato y por las condiciones materiales de manera simultánea y sostenida, o se acepta una función secundaria, limitada a administrar márgenes de la realidad cada vez más estrechos. No se trata de elegir entre épica utópica o gestión prgamática. Se trata de comprender que sin hegemonía cultural no hay política transformadora duradera, y que renunciar a esa disputa equivale a delegar el futuro en quienes ya han demostrado para quién gobiernan.

La mayoría social no demanda equilibrios retóricos entre élites partidarias. Reclama una fuerza que defienda su derecho a una vivienda que no devore salarios, a una sanidad pública protegida de la mercantilización, a una educación que no reproduzca jerarquías, a un transporte que vertebre territorios y a un futuro no subordinado a la especulación financiera. Cuando estos conflictos desaparecen del centro del discurso progresista, el vacío es ocupado por actores reaccionarios que canalizan la frustración hacia abajo, protegen intactas las estructuras de privilegio y convierten a los vulnerables en chivos expiatorios.

En este escenario emerge con nitidez estratégica la unidad popular municipalista. No como alianza convencional ni como aritmética de siglas, sino como proyecto de clase construido desde abajo, enraizado en la experiencia concreta y dispuesto a disputar poder allí donde este se manifiesta con mayor crudeza. El municipio no constituye un nivel menor de la política, sino el primer territorio donde el conflicto social adopta forma tangible. Allí se decide quién controla el suelo, quién gestiona el agua, quién remunicipaliza servicios o los entrega al mercado, quién define el urbanismo y quién orienta correctamente la movilidad.

En el ámbito municipal el poder deja de ser abstracción y se traduce en alquileres, tiempos de desplazamiento, acceso a cuidados, calidad del aire, supervivencia del comercio local. Es el espacio donde la política demuestra si es herramienta transformadora o simple administración de inercias. El municipalismo popular, cuando es genuino, no se limita a gestionar con eficiencia técnica. Construye poder social verificable, reequilibra fuerzas, sedimenta comunidad y disputa hegemonía en lo cotidiano.

Cada barrio que detiene un pelotazo urbanístico ejerce política de clase con más densidad democrática que cualquier pacto de despacho. Cada pueblo que defiende su consultorio médico frente al abandono institucional afirma una concepción solidaria de lo público. Cada plataforma que exige transporte digno para impedir la expulsión de la juventud actúa como sujeto político consciente. Cada comunidad que protege el agua de la privatización sostiene una ética colectiva frente a la mercantilización total. La intensificación del conflicto no paraliza la organización. Le otorga sentido, la robustece y la preserva frente a la resignación.

Las izquierdas no se recomponen mediante figuras carismáticas desconectadas de la práctica militante, sino a través de referentes surgidos de procesos participativos reales y sometidos a control democrático efectivo. La construcción de poder municipal requiere primarias abiertas, consultas vinculantes, deliberación sostenida y transparencia radical. No bastan asambleas simbólicas ni consultas sin consecuencia. La movilización nace cuando la decisión es auténtica y produce efectos palpables.

Ese municipalismo de clase forja identidades políticas consistentes porque emergen de la experiencia compartida de defender derechos y disputar recursos. No dependen del fulgor pasajero de un dirigente ni de afinidades tácticas coyunturales. Se alimentan de organización cotidiana, de vínculos solidarios y de victorias concretas. Son identidades más resistentes que cualquier campaña electoral y más duraderas que cualquier acuerdo entre élites.

Desde esa base puede articularse un proyecto de país tejido desde los territorios, no impuesto desde estructuras estatales agotadas por el verticalismo burocrático. Las experiencias locales pueden conectarse mediante redes cooperativas, principios comunes y herramientas compartidas que multipliquen la capacidad de cada municipio para disputar poder a las élites. La autonomía municipal se convierte así en fuente de legitimidad democrática y en garantía de que la política nace de la experiencia material de las mayorías sociales.

El verticalismo reduce a las bases a simples espectadoras y alimenta la desafección. La izquierda transformadora no puede perseverar en esa senda estéril. Debe devolver el protagonismo a quienes sostienen barrios y pueblos, articular la sociedad civil mediante mecanismos que distribuyan poder real y asuman el conflicto como dimensión constitutiva de la democracia. Sin bases empoderadas no existe reconstrucción posible.

Las mayorías sociales no buscan una fuerza dócil ni acomodada. Buscan claridad estratégica, valentía responsable y coherencia sostenida. Desean una dirección capaz de nombrar a los responsables de la precarización, de sostener diagnósticos firmes y de disputar el sentido común dominante con inteligencia colectiva rigurosa. Anhelan una herramienta política que no tema al antagonismo social ni a la democracia interna, porque ambas son condiciones de su fortaleza.

La unidad popular municipalista no propone atemperar el tono, sino elevarlo con precisión argumental y solidez ética. Señala a quienes privatizan, especulan y recortan. Organiza poder desde abajo con método y paciencia estratégica. Construye instituciones sometidas a control ciudadano. Genera gestión ciudadana y presupuestos participativos. No promete una unidad superficial ni meramente electoral. Aspira a una unidad de clase que se exprese en los conflictos cotidianos de vivienda, sanidad, educación, transporte, energía y cuidados.

Un país que distingue con lucidez entre quienes defienden lo común y quienes lo depredan recupera la capacidad de orientarse históricamente. Desde esa conciencia puede reconstruirse una mayoría social con horizonte emancipador. La unidad popular municipalista constituye la pieza decisiva de ese proyecto, un proceso sostenido de organización desde abajo que convierte la unidad de acción en instrumento indispensable para recuperar poder social y abrir un nuevo ciclo de confrontación democrática y justicia material.

Frente a los proyectos de unidad vertical y personalista, la verdadera unidad se construye desde abajo, con la fuerza de la gente y la experiencia viva de los barrios.

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